dimarts, 18 de setembre del 2007

L’església la cultura




L’altra dia passejant per Mastricht em vaig trobar amb aquesta joia. Una bonica església s’havia convertit amb llibreria i bar. Segurament en el nostre país podríem trobar moltes esglésies per convertir en centres culturals i perquè no de ciència…. Potser aquest és el primer pas per una societat laica.

Fa dies que en Jordi Borja està fi....

TRIBUNA: JORDI BORJA
El catalanismo y su misterio
El misterio de la Santísima Trinidad no ayuda a entender la divinidad, pero da mucho juego para interpretar las realidades terrenales. Lógico, es una construcción humana, y nos propone una sutil distinción entre la naturaleza de un ente abstracto y las personas o actores que lo hacen operativo. Como es costumbre en este país, los debates esencialistas se expresan mediante confrontaciones nominalistas, ocupan a sus protagonistas y crean más confusión que claridad entre la ciudadanía. ¿Hay un catalanismo o unos cuantos? ¿La casa común del catalanismo es un partido existente o a inventar, un frente nacionalista prescindiendo de los catalanistas que no son nacionalistas de nada, o es un tripartito que se autoproclama el verdadero catalanismo, o es un objeto político aún no identificado? Las declaraciones de los líderes políticos sobre el tema no han sido especialmente brillantes ni convincentes.
Se ha perdido la iniciativa política y la ciudadanía no creo que entienda qué quieren los partidos y sus dirigentes
Un inteligente político francés, Edgar Faure, decía que en política y en general en cualquier actividad en la que se confronten actores era conveniente explicitar primero todo aquello en lo que se estaba de acuerdo y aislar aquello en lo que se estaba en desacuerdo y podía ser objeto de conflicto. Lo cual creaba buenas condiciones para un diálogo y un compromiso, o por lo menos evitaba entrar en una dinámica de confrontación confusa y sin salida. Que el catalanismo es uno y que a la vez hay muchas formas de ejercer el catalanismo político es, como diría Foix, algo que "ho sap tothom i és profecia". Y el misterio del catalanismo se puede interpretar mediante la distinción entre la naturaleza y las personas.
Hay un catalanismo necesariamente común o compartido, es su naturaleza. La afirmación de una identidad catalana diferenciada hecha de permanencias (por ejemplo, la lengua) y de continuadas nuevas aportaciones (por ejemplo, las migraciones). La exigencia de autogobierno que es, a la vez, un derecho que se legitima en la historia y en la voluntad política presente y también una condición necesaria para responder positivamente a los retos del mundo actual. Y la obligación, si se quiere ser eficaz, de presentar un frente unido ante los gobiernos y las administraciones centrales del Estado, para que se reconozca del todo la identidad y se pacte un nivel de autogobierno real.
Pero la naturaleza se expresa por medio de las personas; en primer lugar por medio de los partidos y líderes políticos que son los protagonistas principales del relato. Y estos actores tienen cada uno su manera de entender las políticas que se deben hacer en Cataluña y en el resto del Estado. En muchos aspectos representan intereses y valores diferentes, a veces opuestos. Y, sobre todo, tanto los líderes como los partidos y las tendencias al interior de éstos, están en competencia entre ellos, se disputan el poder y supeditan el interés común, la naturaleza, a las ventajas que pueden obtener los unos contra los otros.
Las palabras, aparentemente conceptos fundadores, como autodeterminación, federalismo (universal o diferenciado), soberanía (en realidad cosoberanía), techo autonómico propio, marco constitucional actual o reformado, enfrentan y confunden, conducen a la inoperancia política y al aburrimiento ciudadano. Permitan una opinión muy personal respecto al concepto de autodeterminación. Creo que en el curso de la transición todos los partidos democráticos catalanes eliminaron de sus programas el principio de autodeterminación por un exceso de prudencia que ni entonces ni ahora me pareció justificado. Se trata de un derecho propio e inalienable de cualquier comunidad más o menos nacional. Probablemente este derecho no era, ni es ahora, ejercitable a corto plazo, pero sí que corresponde al horizonte político deseable y un elemento de movilización y presión eficaz en la confrontación con el Gobierno del Estado. Sobre los otros conceptos -federalismo, autonomía, cosoberanía, etcétera- conviene primero darles un contenido concreto y probablemente se podrían unificar en un escenario común en el que cupiera el máximo posible del desarrollo estatutario y constitucional, y un poco más. Pero ahora, en medio de tanta confusión, presenciamos atónitos, como el desarrollo del nuevo Estatuto es leído desde el Gobierno del Estado de forma regresiva y no recibe desde Cataluña una respuesta contundente y unitaria. Se ha perdido la iniciativa política y la ciudadanía no creo que entienda qué quieren, a dónde quieren ir a parar, los partidos catalanes y sus actuales dirigentes.
Para terminar, un comentario sobre un caso concreto: las infraestructuras. El abandono de la exigencia de que el sistema aeroportuario catalán corresponda a la Generalitat nos parece una prueba de debilidad muy preocupante. Incluso en algunos países políticamente unitaristas la gestión completa de los aeropuertos corresponde a la región o a la ciudad. El consorcio que se propone, en los que Generalitat y ayuntamientos estarán en minoría, no aporta prácticamente nada al autogobierno. Y la propuesta del Ministerio de Fomento respecto a la transferencia de las comunicaciones ferroviarias de Cercanías es, sencillamente, una tomadura de pelo. Se trata al Gobierno de Cataluña como si fuera un operador privado al que se concede la gestión de las comunicaciones, pero las líneas, es decir, la infraestructura sobre la que se circula, continúa en poder del Gobierno central. O dicho de otra forma, se nos dice "ustedes van a poder presumir de gestionar Cercanías y nosotros decidiremos cómo y cúando podrán utilizar nuestras vías". El ministerio decidirá cómo se mantienen, qué conexiones se hacen, cuáles van a ser las prioridades de su uso, es decir, todo lo que puede generar conflictos, pero será la Generalitat la que deberá dar la cara cuando se repitan los problemas a que nos tiene acostumbrados el arrogante y poco eficiente Ministerio de Fomento.
Esta orientación gestora y subordinada que pretende imponer el Gobierno del Estado no se puede contrarrestar pidiendo un poco más de gestión. La Generalitat es un poder político, no una empresa concesionaria. Debe exigir y conquistar poder real de decisión sobre sus competencias, no asumir responsabilidades aparentes y ficticias que pueden conllevar problemas sin medios para prevenirlos o resolverlos. Volviendo al principio, al margen de las personas o los partidos, de Gobierno o de oposición, es preciso asumir la naturaleza del catalanismo, formar un bloque unitario para confrontarse con el Gobierno del Estado para negociar un reparto real de poder político. Y dejarse de retórica metafísica o utópica sobre calendarios lejanos y casas particulares propietarias de las esencias.
Jordi Borja es profesor de la Universitat Oberta de Catalunya.

dissabte, 15 de setembre del 2007


Aquest cap de setmana passat hem estat uns dies a Holanda aprofitant el nou vol Girona Maastricht. La veritat és que van elegir una bonica i petita ciutat holandesa per signar el tractat europeu més important i efímer de la construcció de l’ Europa unida. Vaig aprofitar també per anar un dia a Bèlgica (avantatges d’una euro regió) on les comunicacions a més de ràpides son econòmiques. Varem anar concretament a Liege. Allà amb pocs comentaris vaig poder apreciar el desgast social que la situació d’enfrontament entre comunitats està afectant a l’Estat i per tant a la tota la població.

Es per això que us adjunto un article que ha aparegut aquest cap de setmana a Le Monde sobre els orígens dels problemes entre comunitats a Bèlgica. No resulta baladí reflexionar sobre el que està passant a la vella Europa, ja que en el nostre país s’estan articulant un seguit de moviments sobiranistes que caldrà observar amb atenció en el futur per veure quina orientació prenen i quin són els objectius que realment volen aconseguir.


L'hypothèse d'une séparation de la Flandre néerlandophone et de la Wallonie francophone, assortie d'une incertitude concernant le sort de Bruxelles, capitale bilingue, n'est plus taboue dans le royaume belge. Même les plus farouches partisans d'une Belgique unie considèrent que la crise politique née du scrutin législatif du 10 juin, si elle s'éternise, pourrait mener le pays à la rupture.
Au fil de son histoire, le royaume a vécu sur dierses lignes de fractures : philosophique, sociale, politique. C'est toutefois la fracture linguistique qui a toujours semblé la plus déterminante. La revendication pour le respect de la langue flamande a servi de carburant au mouvement nationaliste qui, aujourd'hui encore, s'en prend fréquemment à "l'arrogance francophone" pour justifier son appel à l'autonomie.
L'origine de cette opposition remonte à 1815, quinze ans avant la naissance de l'Etat belge. Au Congrès de Vienne, les vainqueurs de Napoléon décident de remodeler l'Europe. Les anciens Pays-Bas autrichiens, la principauté de Liège et les Provinces-Unies sont réunis pour former les Pays-Bas, sous l'autorité de Guillaume Ier d'Orange. Le nouvel ensemble, cohérent sur le plan économique, l'est beaucoup moins sur le plan politique, religieux et linguistique. Guillaume Ier s'en prend aux libertés, désavantage les catholiques - majoritaires dans les régions belges - et impose le néerlandais comme langue officielle, pénalisant une population qui parle soit le français, soit un dialecte flamand éloigné de la langue pratiquée en Hollande.
En France, la révolution de Juillet encourage les deux grands courants politiques de l'époque, catholique et libéral, à s'unir pour chasser les Hollandais. La révolution belge de 1830 s'appuie sur des citoyens de toutes les régions ; le monde politique, qui dotera le pays d'une Constitution très libérale, est composé de 40 000 notables parlant exclusivement le français, langue quasi officielle en novembre 1830. La traduction flamande du Bulletin des lois n'aura pas de caractère officiel. Certes, les justiciables pourront parler le flamand - ou l'allemand - devant leur juge si celui-ci comprend cette langue (ce qui est rare). Charles Rogier, héros de l'indépendance, souligne que, dans toutes les fonctions civiles et militaires, il faudra parler le français pour "détruire peu à peu l'élément germanique".
La suite de l'histoire sera longtemps marquée par le dédain des francophones et la lente montée des revendications des Flamands. Majoritaires lors d'un premier recensement (en 1846, ils sont 2,4 millions pour 1,8 million de francophones), ils devront pourtant attendre 1873 pour que le flamand devienne la langue normale de la procédure judiciaire dans leurs provinces et 1898 pour que les lois du pays soient publiées dans les deux langues !
Des histoires de condamnés à mort ne comprenant pas leur jugement ou de soldats incapables, en 1914-1918, de saisir les ordres vont alimenter un discours qui, déjà, conteste l'existence d'une nation belge homogène. En écho, le Wallon Jules Destrée écrit, en 1912, une vibrante Lettre au roi dans laquelle il proclame : "Sire, laissez-moi vous dire la vérité, la grande et horrifiante vérité : il n'y a pas de Belges." La même année, une Assemblée wallonne, suspectant les Flamands de vouloir constituer "un pays distinct", réclame "une union basée sur une indépendance réciproque".
"AVEC S'IL LE FAUT, SANS SI L'ON PEUT"
Durant la première guerre mondiale, l'occupant allemand va mener une politique de réformes internes sollicitée par des "activistes", adeptes d'une collaboration susceptible de réaliser les buts du mouvement flamand. L'épisode se reproduira en 1940-1945 et l'appel flamand à l'autonomie en sera temporairement décrédibilisé. Tant entre les deux guerres qu'après, des réformes viseront cependant à reconnaître la langue néerlandaise dans sa dignité et à aplanir les conflits, à l'aide d'un processus de réformes institutionnelles.
Le schéma actuel, avec ses trois régions et ses trois communautés est basé sur un "double fédéralisme" et se révèle d'une infinie complexité. Parce qu'il a progressivement créé ou transformé des institutions sans jamais faire disparaître les précédentes. Parce qu'il a mêlé la revendication initiale des Flamands - l'autonomie culturelle - et celle des Wallons - le fédéralisme économique - tout en semblant contester, jusqu'en 1993, le principe même du fédéralisme...
La question, désormais, au coeur du débat belge - et européen - est celle de la pertinence d'un "modèle" de ce type. Il était probablement le seul remède possible, mais fédère de plus en plus mal des populations qui connaissent, depuis quelques décennies, des évolutions économiques, politiques et culturelles très divergentes. La Flandre majoritaire, de droite, entrepreneuriale et en pleine prospérité, taraudée par une forte interrogation identitaire, s'accommode mal d'une Wallonie de centre-gauche qui tarde à se moderniser, fait d'abord confiance aux pouvoirs publics et à un parti, le PS, marqué par des scandales.
L'historien Marc Reynebeau, dans son Histoire belge (éd. Racines), cite les autres facteurs ayant favorisé l'éloignement : "Une communication mutuelle presque inexistante, la traditionnelle méconnaissance du néerlandais de la part des francophones, le fameux plurilinguisme des Flamands en net recul, l'absence de moyens de communication communs. D'où cette tendance à prêter plus attention aux différences mutuelles qu'aux affinités."
Marc Platel, autre auteur flamand, préfère citer un ancien homme politique francophone, Lucien Outers, pour résumer la situation belge : "Les compromis ne constituent plus le commun dénominateur des satisfactions, mais la somme des mécontentements." Longtemps adepte de la formule flamande "Avec la Belgique s'il le faut, sans si l'on peut", il a, comme d'autres, changé de cap et est devenu séparatiste. Un juriste francophone, Michel Leroy, faisait un autre pari dès 1996 : une évolution pouvant conduire à une désagrégation de l'Etat. Et "un avenir fait d'une course de lenteur entre cette désagrégation et la construction européenne".
Jean-Pierre Stroobants

dimarts, 4 de setembre del 2007

Els que saben dir les coses ben dites que les diguin

Us recomano aquest article d'en Josep Ramoneda publicat a El País.

Irresponsabilidad y cabreo

- 1. En Cataluña, la política se ha convertido en una técnica de autoexculpación. Nadie es responsable de nada. Este verano ha sido muy ilustrativo. Infraestructuras básicas para el funcionamiento del país han estallado, incapaces de soportar el aumento exponencial de la demanda en todos los campos, ante el estupor de los ciudadanos y la sorpresa de quienes tendrían que tener perfectamente medidas las necesidades del país. Los que gobernaron durante 23 años y fueron incapaces de preparar el futuro dicen que ellos ya no están. Los que llevan ya cuatro años gobernando dicen que el problema es del pasado y que ellos hacen lo que pueden para repararlo. Y unos y otros coinciden en que toda la culpa es de Madrid. Un run-run de malestar sube desde una ciudadanía que se ha ido acostumbrando a delegar la cosa pública en los políticos como si a ella no le concerniera ni le quedara otro derecho que el pataleo.
Son las adaptaciones al lugar de las actuales hegemonías ideológicas. Efectos colaterales del triunfo del poder económico que ha conseguido imponerse al político como fuente de normatividad social. Cada vez más, el comportamiento de los ciudadanos viene determinado por las exigencias del dinero y no por la lógica de los derechos y los deberes. El ciudadano vive condenado al castigo sisífico del consumismo que garantiza la frustración permanente. La pulsión de consumir no tiene fin ni satisfacción. Cuando nos hacemos con el producto soñado, hemos dejado de soñar en éste para empezar a soñar en otro. Y así, en una espiral sin fin, ni premio. En esta situación no hay espacio para la revuelta, sólo hay lugar para el cabreo. La revuelta, como decía Albert Camus, es un no constructivo que desde el momento de pronunciarse lleva un sí incorporado. El cabreo se agota en sí mismo. Es un no que acaba en la resignación. En este marco, el político se transforma de representante a chivo expiatorio. El cabeza de turco al que gritar cuando las cosas no funcionan, sea cual sea su grado de responsabilidad. Y éste, incapaz de seguir al poder económico que salta barreras sin que el poder político consiga llegar a tiempo para marcar los límites necesarios, reacciona de una manera doblemente equivocada: desplazando la responsabilidad hacia otros y convirtiendo a la eficiencia en la gestión en promesa principal, transformando así los medios de su acción en los fines de su proyecto político.
- 2. La eficiencia debería ser una obligación, no un mérito o una promesa. Y una obligación referenciada a unos objetivos: eficiencia, ¿para qué? La reducción de la política al mito de la eficiencia es la consecuencia de la traslación de la hegemonía ideológica del dinero al campo de la política. Y, sin embargo, la eficiencia es insuficiente en política porque los fundamentos de la acción humana no son estrictamente racionales y la economía del deseo de las personas y de los pueblos es muy compleja.
Durante mucho tiempo el nacionalismo ha funcionado como promesa, como pasión inútil que disimulaba la resignación de fondo. Hasta que la realidad del país ha emergido en forma de crisis de funcionamiento y se han visto las consecuencias de una política que ha mimado a los pueblos en nombre de la patria y ha olvidado, por ejemplo, las carreteras que deberían trabar el territorio. El nacionalismo dio voz a Cataluña y con ello pareció darse por satisfecho. Ante la acumulación de problemas la moda es otro mito ideológico: la eficiencia, la política centrada en los problemas cotidianos de los ciudadanos que, sin un proyecto que la articule, no quiere decir gran cosa más que dejar y confiar en que las cosas fluyan de la mejor manera. Entre el discurso del nacionalismo y el discurso de la política de lo cotidiano hay, eso sí, un elemento común: la culpa siempre es de Madrid. Y en la medida en que, en parte, es cierto, es una obviedad que mientras la culpa siga siendo de Madrid las cosas seguirán mal.
- 3. Hay pocos ejercicios más inútiles y más indecentes que el discurso de las responsabilidades colectivas, que es la mejor manera de que nadie sea responsable de nada. Cada cual es responsable de sus acciones y omisiones. No voy a entrar en las responsabilidades concretas de los problemas de este verano porque ya lo hice en otro artículo antes de vacaciones y porque me parece que están bastante claras. Pero ahora que empieza una larga campaña electoral y que, como acostumbra a ocurrir en estas circunstancias, la ciudadanía será objeto de todo tipo de halagos, permíteme que me revele contra el discurso -propio de la hegemonía ideológica actual- que presenta al espacio político como un nido de víboras corruptas y a la sociedad como panacea de todas las virtudes.
Los políticos surgen de esta sociedad. Y son los ciudadanos los que les han puesto donde están, aunque sea a través de mecanismos susceptibles de ser sensiblemente mejorados. Como decía Hannah Arendt, el individuo también es responsable de sus obediencias. Y esto vale para todos: para las élites políticas, cuya tendencia a la servidumbre está demostrada, y para la ciudadanía. Y en especial para eso que en Cataluña se llama la sociedad civil, que tanto énfasis recibe en determinados discursos políticos y que tantos piropos merece de los dirigentes que vienen de Madrid. ¿Qué ha hecho la sociedad civil para la modernización de este país? La fuerza de un país no la dan sólo sus representantes políticos, la da el conjunto de la sociedad. Y el nivel de exigencia de ésta es muy determinante del comportamiento de sus dirigentes. El peso de Cataluña en España y en el mundo no es algo que se pueda delegar en los dirigentes políticos. Concierne a todos. La política no es un juego en el que todos nos quitemos las responsabilidades de encima: los ciudadanos hacia los políticos y los políticos hacia Madrid. Lo que se echa de menos es un liderazgo. Y ésta es mi principal recriminación al presidente Maragall. Llegó en el momento idóneo para convocar al país a un proceso real de modernización, con amplia movilización como hizo siendo alcalde de Barcelona. Y prefirió enzarzarse en una batalla estatuaria con las eternas disquisiciones sobre el ser de Cataluña y de España de por medio. Con lo cual se acabaron perdiendo tres años más. ¿Le hubiera seguido el poder económico catalán? No lo sé. El precedente de los juegos no es alentador. La inversión de dinero autóctono fue mínima. Pero, ahora, ya no caben más dilaciones. Que cada cual asuma sus responsabilidades: los políticos y la sociedad civil.

Xile també va morir un 11 de setembre

Ahir a la nit, el canar 33 va emetre un documental sobre Xile i Allende. El nom de Salvador Allende va associat a un moviment revolucionari comunista a Amèrica llatina que va topar amb l’actuació il·legítima dels EEUU. En aquells moment, l’administració Nixón, va considerar que el perill de l’extensió del comunisme a tot el món, però més concretament a Amèrica llatina, podia justificar qualsevol tipus d’actuació, més enllà, no només, de la democràcia (això ja ho tenien superat a casa), si no també del respecte dels drets humans.
Han passat més de 30 anys i es torna a repetir la situació, el perill del “terrorisme islamista” i dels països que configuren l’eix del mal, justifiquen per l’administració dels EEUU actuacions, més enllà del que es considera equitatiu entre benefici i perjudici, però a més a més, no només s’actua contra “l’enemic”, sinó que es produeixen actuacions limitadores de la llibertat contra els que en teoria s’està defensant.

Però tornem a Xile i Allende. Un dels primers record de consciència política, volta al voltant d’una pintada allà al meu poble que deia “Xile també va morir un 11 de setembre”. Poc més tard al Casal Camprodoní, quan encara es feia cine fòrum , van passar “La batalla de Chile”. El dramatisme de les imatges en blanc i negre, barrejades amb color sèpia, calava profundament, i més acompanyada de la veu de Victor Jara i de Quilapayun.

Més tard, a la Universitat vaig conèixer Juan Bustos, professor de dret penal i exiliat, que havia col·laborat amb Salvador Allende. Ens va transmetre una fórmula d’entendre el dret penal basat en principis i valors positius i democràtics, en contraposició al càstig i la repressió del que pensen i actuen de forma diferent a la majoria.

Fa pocs mesos, Xile i Allende van tornar a ser protagonistes de l’actualitat, de la mà del seu assassí, quan gairebé es va poder-se jutjar. Al final, va morir al llit, pendent de ser jutjat, però com a mínim no podia sortir del seu país, sense la sensació de què la justícia podia actuar sobre ell.

Ara Xile és un país democràtic, amb els problemes d’un país normal, però el seu passat no només els marca a ells, sinó que marca a tot el mon. Quin sentit té passar, a principis de setembre de 2007, per la televisió pública catalana, el documental sobre Allende sinó indicar que estem on estem perquè persones com Salvador Allende varen existir, van lluitar, van patir, i finalment van guanyar

diumenge, 2 de setembre del 2007

N'hi ha prou amb la socialdemocràcia?

Cada cop més hi ha la sensació dels desafectes a la política van en augment. En aquest article Joan Sobirà ens dona pistes sobre la situació actual al nostre pais. Montilla en una entrevista diu que la seva política social calarà com la pluja fina.

Joan Subirats escribió lo siguiente sobre desigualdad social, invisibilidad y abstención política:
Estamos en una situación curiosa a pocos meses de las elecciones. El Gobierno afirma que todo va bien, la oposición afirma que si bien ciertos temas van bien, aunque podrían ir mejor, hay muchas cosas que van fatal. Y mientras, mucha gente en España no ve reflejadas sus preocupaciones ni por unos ni por otros. Seguramente, lo que está ocurriendo es que aumenta el número de personas que son cada vez más invisibles para las instituciones públicas. Desde mi punto de vista crecen los procesos de dualización social en España, y esa preocupante situación no tiene quien la canalice políticamente de manera adecuada. La situación económica es aparentemente mejor que nunca. (...) Pero, todo ello, como acostumbra a pasar, no se reparte o afecta de la misma manera a los habitantes del país. Al mismo tiempo que el bienestar general aumenta, se acrecienta el malestar particular de muchos. La sociedad española es más rica, pero es también más desigual. Más gente que no llega a final de mes. Más gente que se endeuda de manera creciente. Más jóvenes que no logran estabilizar su empleo, ni emanciparse de sus dependencias familiares. Más ancianos, y sobre todo ancianas, que se las ven y se las desean para poder seguir viviendo dignamente. Los inmigrantes sin papeles siguen estando en niveles de supervivencia muy básicos, y sin posibilidades de acceder a la condición de ciudadanos. Hay barrios en las grandes ciudades que tienen niveles de vida y de convivencia que están muy alejados de otros barrios de esas mismas ciudades (en Barcelona, las diferencias en renta familiar disponible entre el barrio de Besós Mar o zonas del Raval y zonas de Pedralbes es de 1 a 6).
Políticamente, esa realidad, que aumenta en vez de disminuir, no encuentra "voz" en el sistema institucional. Son personas, colectivos y territorios cada vez más invisibles