En l’edició d’ahir del diari Clarín de Buenos Aires es publicava aquest extens article de Marcos Mayer. Durant la seva lectura se’m varen ocórrer diferents paral·lelismes amb la política: aquesta idea de què els polítics actuals no arriben a la sola de la sabata dels de la primera generació democràtica, una certa repetició de la música i la lletra... però també se m’ha ocorregut que igual que els grups de rock han tingut que tornar al recital per guanyar diners, ja que es ven poc la música enllaunada i amb això s’ha guanyat en proximitat i escalfor, els polítics han de tornar al contacte directa amb els ciutadans i menys vídeos i televisions...... Potser s’ha de començar, igual que els vells rockers, en locals petits i suburbials per desprès poder omplir estadis.
¿El rock suena en pasado?
MARCOS MAYER .
«cE«Cl rock siempre fue una música que se pensó con un futuro. Aun cuando los punks proclamaban como grito de guerra No Future, estaban desarrollando un nuevo modo de pensar el rock que dejó su larga impronta. Pero hoy pareciera que el movimiento se ha invertido y el pasado es la única promesa que se puede hacer. Vuelven a reunirse grupos legendarios (The Who, Genesis, The Police, Pink Floyd, el levemente desmentido regreso de Led Zeppelin para el 2008) y otros que ya habían sido olvidados como Eagle o Asia, que anduvo por Buenos Aires a principios de año con músicos que son hoy más viejos que glorias, como el ex Yes Steve Howe y el baterista Carl Palmer. A nivel local, ya se produjo el reencuentro de Los Gatos y acaba de ser noticia el retorno de Soda Stereo. En este registro pueden anotarse las exitosas presentaciones de Vox Dei, aunque Ricardo Soulé se haya pronunciado en disidencia. Una operación donde los dividendos económicos están asegurados, pero la música está en alto riesgo. Es admitir que el hoy nada puede ofrecer frente a la riqueza y la plenitud del ayer. Hasta ahora nadie salió indemne de esas reuniones. Charly entró en una larga decadencia luego de la resurrección de Sui Generis (pese a ese gran disco que es Influenza), el disco que editó The Who para celebrar su reencuentro es de una mediocridad insalvable. Reunirse es una forma de tirar la toalla o de admitir que los caminos personales han llevado al fracaso. Cuando The Police vuelve a juntarse, Sting acaba de grabar un disco de canciones del compositor renacentista John Dowland con el austero acompañamiento de un laúd, Andy Summers está dedicado con solvencia pero escasa repercusión al jazz y Steve Copeland a componer bandas de sonido para la tele (Amas de casa desesperadas) o para el cine (Highlander, El arca de Noé). ¿Es la reunión la conclusión lógica de estas carreras? La reunión condena a tocar siempre lo mismo, lo de ayer, que cada recital sea una vivencia en tiempo presente de esos hits que ya se han ganado un lugar en la historia. Cuando se intenta hacer otra cosa, se va directo al fracaso. Que lo digan si no Los Shakers que volvieron e intentaron proponer algo distinto a lo que hacían hace cuarenta años y así les fue.Una reciente encuesta sobre los mejores discos del rock nacional realizada por la revista Rolling Stones entre músicos y críticos dio como resultado grabaciones que tenían todas más de diez años de realizadas. En una época el único grupo sometido a la proliferación de clones fueron los Beatles. Hoy hay conjuntos que hacen un mérito de tocar cada nota igual a sus ídolos que recorren los temas de Pink Floyd, Genesis, Creedence Clearwater Revival o Queen. A esto se suma la moda de los "discos tributo", una costumbre en otros géneros como el jazz, pero que en el rock tienen la característica de elegir entre los homenajeados a músicos que siguen vivos (desde Luis Alberto Spinetta a nivel local a la canadiense Joni Mitchell). Más allá de las buenas intenciones y lo logrado o no de estos proyectos, no puede dejar de sospechar que el homenaje tiene algo de pase a retiro y de responso antes de tiempo. Por otra parte, es habitual entre músicos y público una queja por la pérdida de los valores y la mística de ayer reemplazados por la falta de compromiso y el afán de lucro. Un rezongo que puede escucharse incluso en las generaciones más recientes que sólo saben de aquellos valores por interpósitas personas.«sCondenado a "decir algo"«r"El rock and roll es una combinación de buenas ideas desecadas por modas pasajeras, basura inmunda, un espantoso mal gusto y falta de criterio, credulidad y manipulación, momentos de increíble lucidez e inventiva, placer, diversión, vulgaridad, exceso, novedad y absoluto agotamiento". Una de las definiciones de rock que da el periodista Greil Marcus en su imperdible Mistery Train. En definitiva, el rock pareciera resumir como ninguna otra expresión cultural (con la ventaja de no darse cuenta de lo que está haciendo) el mundo en el que le ha tocado vivir a por lo menos tres generaciones desde los lejanos tiempos de Presley.En tiempos de festejos, hay una pregunta que los aniversarios de los cincuenta y los cuarenta (versión local) años del rock dejaron de lado. Tal vez porque nadie se cuestiona su propia supervivencia. No hay nada ilegítimo en que el rock cumpla medio siglo y siga concitando públicos y publicaciones. Pero sorprende que haya podido sobreponerse a una serie interminable de males (internos y externos) y seguir gozando de algo parecido a la buena salud. Uno está en el origen mismo y es su mala relación con la gramática, la sintaxis y el sentido. En Estados Unidos, allá por los 50, las letras de Oopaloopa y Tutti Fruti fueron sometidas a todo tipo de escarnio por ejercicio ilegal de la banalidad. Pero a nivel local, hemos llegado más lejos. No hay manual de expresiones correctas que haya llegado siquiera a imaginarse la expresión "menos mal que nunca la tenga" de "Los salieris de Charly", de León Gieco. Se nota que está mal, pero no hay quién pueda explicar dónde reside el error. Pero, a pesar de esta mala convivencia con la lengua -cuyo mayor ejemplo es acentuar todas las palabras mal-, es casi inexistente el rock instrumental. Entre los pocos ejemplos, puede hablarse de Soft Machine, que para muchos bordea el jazz. Tal vez Zappa, pero: "Sin la voz de Adrian Belew, Zappa es jazz". Tortoise es una reformulación de lo que fue Soft Machine. Un nacionalista remitirá al caso Alas, olvidándose, con buenos motivos, de la letra de "Buenos Aires sólo es piedra". Pareciera que el rock está siempre condenado a decir algo, sea lo que sea. Lo que nos lleva a otro ladrillo en la pared. Ahí está la cosa. A alguien se le ocurrió que no se podía usar semejante música para cantar cosas como "Love me do" o "No milk today". Llegó la trascendencia. Cantos contra la Opresión (así en mayúsculas) como The Wall, Peter Gabriel y sus héroes africanos, Sting y sus mujeres con parto natural, las seis esposas de Rick Wakeman y Poe traducido por Alan Parsons. O esos hermosísimos y plácidos paisajes bucólicos de Genesis y de Camel, llenos de princesas, brujos y ninfas en clara anticipación de Harry Potter, héroe progresivo (de rock progresivo) si los hay. Ya no daba para cantar simples canciones de amor. El rock empezó a ser una responsabilidad. En el medio estuvo el punk que dejó una costumbre destinada a perdurar: la dicción no es cosa de músicos. ¿Para qué cantar y que se entienda lo que se dice? ¿Cuántas veces hay que escuchar "Fasolita" de Los Piojos para aproximarse a algo de lo que dice la letra? «sDisco versus recital«rEstos son los síntomas internos. Veamos los de afuera. El primero puede llamarse síndrome de la batea confusa. Es difícil encontrar razones para afirmar que Los Auténticos Decadentes son parte del rock. Lo mismo vale para Kapanga. ¿Es posible imaginarse a Spinetta en un videoclip con Johnny Tolengo y Guillermo Nimo? El otro es el síndrome "La música es una sola" y allá vamos, Charly con Palito, Pedro Aznar con Borges y Julio Bocca, Peter Gabriel con cualquier discriminado del planeta y Paul Simon con percusionistas de donde sea. Del casting se ocupa David Byrne. ¿Para cuándo una tapa de la Rolling con Los Nocheros vestidos como "Sus majestades satánicas", con el título "Simpatía por la Luz Mala"?Marcelo Fernández Bittar, editor de la revista La Mano, se pregunta: "¿Cuánto hace que uno no gasta un disco de tanto escucharlo?" Sin decirlo, sugiere que en el rock -pero también en otros géneros- hay un público de discos y otro de recitales, que casi nunca coinciden. Una marca de telefonía celular, que auspicia las presentaciones de Soda Stereo, publicita un concurso cuyo premio son entradas al recital de esta manera: "entrá a la historia del rock". Es sin dudas aprovecharse de una fantasía existente. Es importante estar ahí. El recital tiene algo de irrepetible. El disco no, se lo puede escuchar una y mil veces. La música que suena en uno y otro sitio es absolutamente distinta aunque los acordes y los intérpretes sean los mismos.Según un estudio publicado por la revista norteamericana The Nation, la ideología del rock ha entrado en contradicción fuerte con la dinámica de la industria del disco. El aspecto en cuestión es la adquisición por parte de las multinacionales de la música de los pequeños sellos independientes, encargados históricamente de descubrir nuevos talentos y a los que los consumidores acuden en búsqueda de sonidos y propuestas renovadores. Se supone que los sellos "indies" se mueven principalmente por amor a la música y por compromiso con lo que consideran artístico. En la medida que se difunde la adquisición de los sellos independientes por parte de los grandes grupos, cae la confianza en que ese mandato artístico se cumpla. Una desconfianza que se transmite también a aquellos pequeños sellos que siguen trabajando por su cuenta, pues se sospecha que la falta de información de su traspaso a una multinacional no significa que no haya ocurrido. O sea que comprar un disco se parece a dejarse engañar más o menos conscientemente. El recital sigue funcionando como un espacio "puro". Allí todo lo comercial es evidente: merchandising, sponsors, sistema de ventas de entradas, promociones y promotoras. Nada se oculta, porque de otra manera no sirve. La trama por detrás del disco tiene siempre un costado secreto que la dinámica del recital hace sospechoso. "Tal vez tenga razón Capusotto cuando asocia al peronismo con el rock. Aunque lo diga en chiste. ¿No será que estamos intoxicados por cuestiones que creemos entender pero que no le podemos explicar a nadie, como el rock y el peronismo?", sostiene Laura Mendel, colaboradora ocasional en los años de oro de El expreso imaginario, la revista alternativa y contracultural que expresó a toda una generación durante la dictadura, quien insiste en que se deje constancia de que hace dos años que sólo escucha música de cámara.El rock fuga y centrifuga. Así como el rock tiende a devorárselo todo, algunos tienen que salirse del rock, como si fuera insoportable. Unos desaparecen en el proceso de fuga. Cuando Keith Emerson graba para Works I su "Concierto Nø 1 para piano y orquesta" (que lo debe todo a Rachmaninoff y nada a Jimi Hendrix) no sólo termina con su carrera sino con el rock sinfónico. Otros emigran a tierras más generosas. Ginger Baker (ex Cream) y Andy Summers (ex Police) hacen jazz y el rastro roquero es más difícil de encontrar que en jazzeros plenos como The Bad Plus o Jason Moran. Entre nosotros, el tango se ha quedado con Omar Mollo y Daniel Melingo, por ejemplo.
«sMirar el futuro con la nuca«rHay músicos de rock que construyen su carrera como el diario de su vida. Sus canciones son como notas registradas cuando el camino se toma un respiro (Rod Stewart decía que la vida de una estrella de rock es como la de un político en campaña, imposible bajarse). Es el caso de Charly García y su obsesión con el morir y el resucitar. Que aparece en el famoso episodio del salto a la pileta -¿quién se tiraría de no estar seguro de que volverá a salir a flote? Y también en muchas de sus letras desde los tiempos de Sui Generis: solamente muero los domingos y los lunes ya me siento bien ("Confesiones de invierno"); ¿Cuántas veces tendré que morir para ser siempre yo? ("Pequeñas anécdotas sobre las instituciones"); para hacer esta armonía es preciso un nuevo ser, capaz de nacer mil veces sin crecer ("Bubulina"); soy un solitario transmitiendo un mensaje escribiendo frases para poder creer esperando nacer ("Esperando nacer"); yo que morí en el altar ("Demoliendo hoteles"). Una incredulidad juvenil en la muerte propia del rock, diría Greil Marcus. En otros casos, el roquero se distancia de sí y se inventa pasados imposibles. Paul McCartney compuso "Yesterday" a los veintitrés años (¿cómo podía ser que ayer sus problemas estuvieran tan lejanos? ¿quién habla?). O, como a los veinte años los músicos de Vox Dei podían llegar tan pronto a la conclusión de que "Todo tiene un final, no es eterna la vida". Hoy el rock se enfrenta a la posibilidad de tener sus primeros muertos biológicos (tal vez George Harrison haya encabezado la lista). Y empiezan a aparecer conjuros contra esa idea: el mito de que los Rolling se cambian cada tanto toda la sangre; el propio Keith Richard admitiendo (¿inventando?) que aspiró las cenizas de su padre, un elixir -un muerto familiar con el 100% de pureza- en general poco accesible a los demás mortales. También hay que recordar la fantasía tan norteamericana de que la muerte de Elvis no ha ocurrido, o las pintadas en las paredes porteñas afirmando: Luca, not dead.Tal vez valga la pena seguir el consejo de Borges que para conocer la realidad de un país en un tiempo lejano basta con imaginar la literatura que allí se escriba. Podemos pensar que de aquí a cincuenta años el rock sea una nota al pie en la historia de la música. Como ha ocurrido, por ejemplo, con el fox trot (durante un par de décadas sinónimo de ritmo bailable). O que, por el contrario, siga siendo una presencia fuerte e intensa en la producción musical popular. O que ha sido reemplazado por algo que hoy resulta tan difícil de imaginar como le sucedía a quienes asistieron azorados a la irrupción del rock hace cincuenta años. Al mirar el futuro con la nuca, el rock ha dejado de creer que pueda suceder algo impredecible.Pese a todo esto, el rock a sus cincuenta años, aún acarreando un par de muertos previsibles y unos cuantos más heroicos (víctimas de accidentes aéreos, sobredosis y algún crimen poco claro), no parece estar en vías de extinción, muy por el contrario. Eso sí, nadie se atrevería a decir que pasa por su mejor momento. Pero, ¿acaso hubo alguna vez una celebración de la coincidencia en el tiempo de grandes momentos creativos? Tal vez algún historiador lo haya dicho a posteriori, pero en el momento mismo en que sucedían las cosas, difícil. Un fenómeno que tiene alguna explicación posible. Lo mejor ocurrió durante el origen. Nadie compuso tan buenas canciones después de los Beatles. Nadie superó en la guitarra al genio de Jimi Hendrix. Nadie cantó con tanta intensidad como Janis Joplin. Ningún grupo fue tan sólido y coherente como los Rolling Stones. Allí se terminaron los tiempos heroicos. De allí en más no queda más remedio que decaer. Eso han sido todos estos años, decaer y decaer. Sin pausa, sin ritmo, y sabiendo que la decadencia es eterna e irremediable, y que incluso puede llegar a ser placentera. No es que todo tiempo por pasado fue mejor (aunque ya nadie crea en el lema spinettiano de que "mañana es mejor"), sino que es inalcanzable.Es en esto que el rock se parece al cristianismo. En la religión todo lo sublime pasó al principio: Cristo, los apóstoles, los buenos milagros y hasta las traiciones mejor urdidas, los mejores cobardes y los más heroicos ladrones. Desde entonces, santos y papas de por medio, también no se ha hecho otra cosa que decaer, alejarse aunque no definitivamente de aquellas épocas donde un hombre podía ser hijo de Dios sin que a nadie se le moviera un pelo. Y si hay un tópico del cristianismo poco desarrollado es el del Juicio Final donde se volvería supuestamente al estado de gracia y gloria del origen. Ni el padre Farinello y menos todavía Ratzinger hablan del Juicio Final. ¿A quién le importa dejar de decaer? De allí que exista un rock cristiano, una ópera rock dedicada a Jesús y que Lennon se pusiera a competir con Cristo. Y que el Anticristo provenga también del rock, en versión seria, Alice Cooper y en la paródica, Marylin Manson. Y que no haya un rock judío, pues el judaísmo ha sostenido siempre que lo mejor está por llegar.Peleado con la lengua, viviendo de imágenes prestadas, con ceremonias celebradas en las peores condiciones y acompañadas de textos que apenas se entienden, amenazado a cada rato con perder la pureza, con una contaminación que parece ser terminal y que se detiene en el peor de los casos en la apoplejía, el rock sobrevive porque ya no es un estilo musical ni una cultura juvenil ni un fenómeno generacional, sino apenas eso, una religión, el modo en que hemos de decaer por los siglos de los siglos, amén.
dissabte, 27 d’octubre del 2007
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